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Mitología salvaje: reconstruyendo la cosmovisión indígena europea

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Los espíritus del bosque. Óleo de Paz Treuquil

Mitología salvaje es una obra que toca en lo profundo del corazón de nuestro proyecto editorial porque nos recuerda que hubo un tiempo, un tiempo real, en que los europeos vivíamos en comunidades soberanas de sí mismas e integradas en la naturaleza, es decir, indígenas. Comunidades a las que estamos vinculados a través de una linea ancestral directa, a pesar de que el humano moderno acostumbre a percibirlas como algo ajeno y extraño, a través de la imagen estereotipada y difusa de un mundo rudo, bestial, casi inhumano. De hecho ni siquiera hemos de remontarnos al paleolítico pues a menudo incluso las mucho más recientes comunidades rurales preindustriales son concebidas de este modo. Parece que nos vamos desvinculando más y más de todo nuestro linaje ancestral en la medida en que nos identificamos y tomamos más en serio el rol de “ciudadanos”, los modernos “hijos del progreso”…

Pero cuando de alguna forma nos acercamos al sustrato paleolítico de nuestra cultura hay algo que toca siempre la membrana de nuestro inconsciente personal y colectivo. Esta es la magia que nos ofrece Mitología salvaje a través de un formato muy original que combina información visual con una excelente selección de citas ordenadas por temas. Las muestras de arte y culto prehistórico tienen todas un poder cautivador enorme y se deja sentir en ellas la conexión profunda con la naturaleza sintiente que nos envuelve, nos sostiene y nos da forma y sentido, de la que venimos y a la que vamos. Rescatar nuestra indigeneidad perdida es rescatar nuestras relaciones naturales, y en este propósito confluimos y nos hemos felizmente encontrado Cauac Editorial Nativa y el Proyecto de Divulgación Cultural Europa Indígena de Guillermo Piquero, muy estimado amigo y autor de la obra que presentamos a través de esta pequeña entrevista.

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Guillermo Piquero y Jon Ortega en la entrada de la Cueva del Castillo (Puenteviesgo, Cantabria), donde encontramos una tradición de arte rupestre que se remonta hasta el paleolítico medio.

Jon Ortega (JO): ¿Puedes hablarnos de alguna obra de arte prehistórico que te haya cautivado especialmente?

Guillermo Piquero (GP): Pues me parece de gran belleza en cuanto a forma y contenido simbólico el grabado en piedra que se conoce popularmente como Venus de Laussell, en la Dordoña francesa. Fue esculpida hace unos 25.000 años en la entrada de un abrigo rocoso y salpicado reiteradamente con ocre rojo. Representa a una mujer con los rasgos típicos de la venus paleolíticas. Su mano derecha sostiene un cuerno de bisonte con trece incisiones y su mano izquierda reposa sobre su vientre. Respecto a su significado y recopilando aportaciones de diferentes autores, podríamos aventurarnos a exponer dos interpretaciones paralelas e interrelacionadas, una especie de polisemia simbólica:

La primera interpretación estaría más relacionada con la sexualidad y la fecundidad femenina. Estaríamos, como proponen algunas autoras, ante una especie de calendario menstrual. La mujer de Laussel como evocación de la Tierra misma, dirige su mirada hacia su mano derecha que sostiene un cuerno de bisonte en representación de la fase creciente de la luna con sus 13 días incisos. Su mano izquierda reposa sobre su vientre para mostrar como dicha fase creciente es coincidente con la fase de pre-ovulación del ciclo menstrual, al final de la cual se encuentran los días más fértiles y más propicios para concebir un embarazo. Hay que recordar que la Venus de Laussel fue salpicada con ocre rojo y estaba situada en la entrada de un abrigo rocoso en cuyo interior existen grabados de falos, vulvas y escenas sexuales. Como indican algunos autores, es posible que este abrigo rocoso de Laussell fuera un lugar sagrado en el que tenían lugar ritos relacionados con la fecundidad y la sexualidad sagrada.

Vemos pues como para nuestros ancestros del paleolítico europeo la fisiología femenina y la religión naturalista de la Diosa forman un Todo en el que ambos aspectos se entrelazan y complementan. Según esta visión, el útero de la mujer es el órgano sagrado a partir del cual se regenera la vida de la comunidad y está a su vez conectado con el vientre de la Madre Tierra, con la matriz primordial, con la dimensión invisible de donde procede el espíritu de cada nuevo ser vivo.

JO: ¿Y la segunda interpretación?

GP: La segunda interpretación tiene un trasfondo más mitológico, pero que se complementa con la hipótesis anterior. Así podríamos decir que la imagen representaría a la Gran Diosa Paleolítica como símbolo de la fecundidad de la Tierra que muestra en su mano derecha las trece lunas que tiene un año solar. Se ponen de este modo en relación los ciclos celestes con los terrestres, estos últimos simbolizados por la mano que reposa sobre su vientre (la corteza terrestre) y señalando con los dedos su ombligo como entrada simbólica al Mundo Subterráneo.

Así que es más que posible que los paralelismos existentes entre los ritmos naturales de la Luna, la Tierra y la Mujer desembocaran durante el paleolítico en el surgimiento de una mitología sagrada femenina cuya síntesis filosófica más extraordinaria está contenida precisamente en la multiplicidad de significados que nos sugiere la imagen de la Venus de Laussell.

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Venus de Laussell, relieve del periodo gravetiense, Dordoña francesa

JO: Percibirás un contraste muy grande entre lo que modernamente entendemos por mitología y la forma en que lo viven las culturas indígenas…

GP: Bueno, la diferencia fundamental radica en el hecho de que el concepto o el término “mitología” no existe como tal en las culturas indígenas arcaicas. Podríamos decir de manera muy esquemática y resumida, que lo que los occidentales definimos como “mitología” representa para las culturas indígenas un conjunto de enseñanzas sagradas transmitidas generación tras generación y que expresan a través del lenguaje simbólico y arquetípico el funcionamiento del universo, así como el encaje de cada cultura concreta en dicho contexto.

Sin embargo, la visión generalizada de nuestra sociedad y la que en su mayor parte transmitimos a los niños en las escuelas, sigue siendo que la mitología de los pueblos indígenas es un conjunto de leyendas y cuentos fantasiosos creados por nuestros ancestros para explicar el mundo, puesto que en esa época lejana carecían de los instrumentos científicos y tecnológicos para entenderlos. Esta visión ha quedado plasmada en la conocida frase “eso es un mito”, para referirnos a algo que siendo falso es tomado por verdadero.

Pero… ¿Y si fuera al revés?, ¿Y si fuéramos nosotros, ciudadanos civilizados del SXXI quienes fruto de nuestra ignorancia y de nuestra desconexión con el mundo natural y espiritual, hemos tenido que recurrir a la tecnología para llegar a las mismas conclusiones que nuestros más remotos ancestros ya conocían y expresaban a través del lenguaje arquetípico y simbólico?

JO: ¿Podrías ilustrarnos con algún ejemplo?

GP: Quizás el ejemplo más conocido en este sentido sea la famosa Hipótesis Gaia. Su creador, James Lovelock la dio a conocer oficialmente al mundo través de un libro que tituló sorprendentemente Gaia. Una nueva visión de la vida sobre la tierra. Esta visión sería nueva para Lovelock, porque para los pueblos indígenas… era más vieja que la orilla del mar.

Lovelock, tras años de complejos estudios interdisciplinares llego a la conclusión de que nuestro planeta es un ente vivo, un gran organismo compuesto por la interrelación de todos los seres vivos. Según su hipótesis, la atmósfera y la corteza terrestre se comportan como un Todo coherente, como una unidad orgánica que se autorregula y tiende hacia el equilibrio. Esto es de manera muy sintética lo que los científicos denominan “biosfera”.

Lovelock tuvo que estudiar varias carreras universitarias, trabajar en la Nasa, etc… para decir a través del lenguaje científico lo mismo que llevaban diciendo los pueblos indígenas desde el principio de los tiempos a través del lenguaje mítico y poético: que la vida con mayúsculas es un Gran Tejido Sagrado en el que todos los seres vivos están relacionados entre sí. Y que todos ellos son a su vez fruto de la unión sinérgica entre el principio activo masculino celeste (atmosfera) y el principio femenino receptivo terrestre (la corteza terrestre).

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“Dama de Saint Sernin”, talla megalítica hallada en Saint-Serninr-sur-Rance (Francia)

JO: Nos has hablado de mitología… ¿y qué hay de la otra palabra que compone el título del libro, “salvaje”, que nos puedes decir sobre ella?

GP: El título de “Mitología salvaje” es una especie de juego de palabras que pretende servir como alternativa referencial a la conocida “mitología clásica”. Pero también con la elección del término “salvaje” intento contribuir a despojarlo del sentido peyorativo que nuestra sociedad le otorga y que en modo alguno se corresponde con el significado real de la palabra. “Salvaje” proviene de “selva” (silva en latín), pero no en el sentido de bosque tropical, sino que en su origen parece hacer referencia de manera genérica a los bosques frondosos y no afectados por la acción humana. Y así por ejemplo, el Dios romano de los bosques era conocido como Silvano.

Pero esta asociación del término “salvaje” con el bosque no es de origen latino, pues encontramos el mismo significado en un idioma preindoeuropeo miles de años anterior, el euskera, donde “salvaje” se dice Basati, de Bas (bosque). Es decir, los salvajes eran los habitantes de las inmensas selvas o bosques europeos que cubrían la mayor parte de la superficie de nuestro continente tras finalizar la última glaciación.

Y es que como dice Ignacio Abella en alguno de sus imprescindibles libros, hubo un tiempo en el que los europeos fuimos vecinos de un mismo bosque que se extendía desde la Península Ibérica hasta Siberia. Se calcula que no queda ni un 1% de los bosques que cubrían, hace apenas un par de milenios, más del 80% de Europa Occidental. El bosque fue el entorno sagrado que envolvió y protegió a las comunidades humanas durante milenios. Atrae las lluvias y sostiene los manantiales, produce frutos y medicinas, da refugio a infinidad de formas de vida y proporciona leña para alimentar el fuego y madera para construir todo tipo de cosas. La cosmovisión de las culturas prehistóricas europeas estaba por tanto indisolublemente unida al bosque, hogar y templo de nuestros ancestros.

Escuche una vez decir a un anciano lakota en un documental que la vida de humanos y árboles está entrelazada “pues cada uno respira lo que el otro exhala”. Este concepto filosófico y vital también debió de ser compartido por las culturas prehistóricas europeas, pues si echamos mano de nuevo del euskera nos encontramos una identificación impresionante entre los nombres de las partes del árbol y las del ser humano: izerdi significa sudor y savia; gerri, tronco y cintura; azal, piel y corteza; beso, rama y brazo; la copa del árbol se llama adaburu (de adar, rama y buru, cabeza); y el nudo de la madera se llama adabegi (de adar, rama y begi, ojo).

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La magia de los árboles, de Ignacio Abella

JO: Vamos a retomar el tema de la unión entre el principio masculino y el femenino… cuéntanos como se refleja esto en las cosmovisiones ancestrales europeas.

GP: Esta dualidad sagrada era explicada simbólicamente por nuestros ancestros europeos como una unión amorosa entre el cielo y la tierra. Así lo reflejan dos relatos mitológicos preindoeuropeos que han sobrevivido hasta nuestros días: el de la Dama Mari y el culebro de fuego Sugaar, en la cultura vasca; y el de la Diosa Eurinome y la serpiente celeste Ofíon, del “Relato pelasgo de la creación”. Del mismo modo, también encontramos evidencias de esta antiquísima cosmovisión en lugares de culto y templos prehistóricos europeos que celebraban la unión amorosa entre el cielo y la tierra en ceremonias que se oficiaban durante el solsticio de invierno, en las que un haz alargado de luz (Sugaar, Ofión) penetra hasta el interior de estos lugares sagrados, como por ejemplo ocurre en la cueva útero de Nenkovo en Bulgaria, en el Templo de New Grange en Irlanda o en el sepulcro de Huerta Montero en España, entre otros muchos lugares…

Sugaar. Óleo de Paz Treuquil.
Sugaar. Óleo de Paz Treuquil.

JO: ¿Y qué conexión encontramos entre este principio de fertilidad masculino que encarnan Ofión o Sugaar, y el de los Dioses Astados de las culturas protohistóricas europeas?

GP: Bueno, sería importante aclarar antes, que cuando se habla de masculino y femenino en las cosmovisiones indígenas, no se está hablando desde una perspectiva de género, sino de distintos tipos de energías o procesos naturales que dependiendo de su carácter activo o receptivo, celeste o terrestre, fecundo o fértil, etc… los catalogamos bajo el genérico nombre de masculino o femenino (del mismo modo por ejemplo que lo hace el Tao con el yin y el yang). Y respondiendo a tu pregunta… efectivamente la mitología comparada nos permite afirmar que los híbridos entre un hombre y un animal astado (ya sea chivo, carnero, toro o venado) representan unánimemente arquetipos de fertilidad y virilidad, es decir, al principio masculino de la naturaleza, ya sea asociado a la caza y los ciclos reproductivos de los animales o al crecimiento de la vegetación. De ahí que se use el genérico nombre de “Señor de los animales y de los bosques” para describir a estos númenes prehistóricos.

Se trata de un mito en estrecha relación con el de la serpiente masculina celeste. De esta conexión simbólica tenemos una imagen muy evocadora en la representación de Cernunnos en el caldero de Gundestrup, dónde el Gran Hombre-ciervo aparece sosteniendo en su mano una serpiente…con cuernos de carnero. Podríamos decir que por un lado, el culebro sagrado representa la energía vivificadora celeste que penetra e impregna la superficie terrestre (el dragón en la cueva de los mitos arcaicos), y por el otro, el Dios Astado encarna los efectos que dicha energía celeste produce sobre la naturaleza, de ahí que en algunas tradiciones espirituales nazca y muera cíclicamente cada año en un ritmo paralelo a la mayor o menor proximidad del sol respecto a la tierra. Por otro lado, para entender que ambos mitos no representan papeles menores, sino que aglutinan las energías y procesos naturales que conforman una de las dos grandes polaridades de la naturaleza, hay que recordar que ambos aparecen representados en distintas mitologías preindoeuropeas como consortes o amantes de la Gran Diosa.

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Detalle del caldero de Gundestrup, conservado en el Museo Nacional de Dinamarca (Copenhague), con representación del Dios Astado Cernunnos rodeado de animales.

 

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El Akelarre de Francisco de Goya, donde dejó representado a akerbeltz, el Astado de la tradición euskaldún.

JO: ¿Y de dónde viene la asociación del Dios Astado con el infierno?

GP: Hay que partir del hecho de que el inframundo pagano europeo carecía de las connotaciones negativas que le impuso posteriormente el cristianismo romano. Muy al contrario y aunque resulte sorprendente, tenía un sentido uterino y de regeneración de la vida (de ahí los enterramientos prehistóricos en posición fetal). Era el vientre incandescente de la Madre Tierra que acogía en su seno el alma de los difuntos y del que surgía el espíritu de los que estaban por nacer. El Gran Astado, como encarnación del principio de fertilidad de la naturaleza, era el catalizador que posibilitaba la chispa que prendía la llama de la vida en este Reino uterino, pero también era el responsable del soplo que la apagaba, pues no olvidemos que como Señor de los animales, regía la caza con la que se alimentaban las comunidades prehistóricas.

Esta relación entre el Gran Astado y el inframundo uterino, debió de ser de gran importancia en las comunidades paleolíticas, pues su imagen aparece representada en distintas cuevas del arte franco-cantábrico y en la mayor parte de las veces bajo la apariencia de un Hombre-toro o bisonte. De este modo, cobra fuerza la hipótesis de algunas autoras que proponen que los bucráneos (cabezas de toro) del arte neolítico europeo representan al útero y las trompas de Falopio como alegoría del vientre de la Madre tierra. Y esta hipótesis queda a mi juicio confirmada en una extraordinaria pintura rupestre de la cueva de Chauvet del periodo auriñaciense, con al menos 30.000 años de antigüedad, en la que se superpone la cabeza de un Hombre-bisonte sobre el vientre grávido de un cuerpo femenino, y en la que el ojo del animal es al mismo tiempo el ombligo de la mujer. Una imagen simbólica que habla por sí sola.

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Espectacular conjunto de hombre bisonte, vulva y vientre femenino y busto de leona en la cámara más profunda de la cueva de Chauvet en Ardèche (sur de Francia) 30.000 a.C.

Gracias a tu libro hemos conocido a la genial pintora mapuche Paz Treuquil. Nos ha encantado el cuadro de la portada, que capta magistralmente el contenido del libro ¿Qué nos puedes decir de él?

Bueno, creo que la bellísima obra que por encargo realizó Paz para la portada del libro habla por si sola, e invita a mirarla pausadamente y bucear en su simbolismo para comprenderla más allá de las explicaciones que yo te pueda dar. No obstante, quién haya tenido la oportunidad de echarle un vistazo al contenido del libro habrá podido comprobar que está compuesto por dos partes principales de las que ya he hablado con detalle anteriormente en la entrevista: el principio femenino y el principio masculino. Esta biunidad sagrada, que vuelvo a repetir, no debe ser entendida desde una perspectiva de género, sino que hace referencia a las polaridades complementarias propias de cualquier sistema de vida, era expresada en las mitologías arcaicas europeas a través de la interrelación de dos conjuntos simbólicos principales: uno, de polaridad masculina, en el que el Señor de los animales y los bosques aparece asociado al sol, al rayo, a los cuernos de los grandes herbívoros o al falo erecto,… y otro en el que la Gran Diosa de la vida, la muerte y la regeneración se asocia con las fases lunares, las vulvas, las cuevas o los manantiales… por darte algunos ejemplos.

Como afirman Anne Baring y Julesh Cashford en su maravilloso libro “El mito de la Diosa”, es posible que el origen de la mitología europea parta de dos imágenes simbólicas principales: la de la Madre y la del cazador. Y aunque ésta nos parezca una hipótesis demasiado estereotipada, debemos recordar que las representaciones antropomorfas del arte paleolítico de seres cornudos por un lado y de las conocidas venus paleolíticas por otro, inciden claramente en estos dos arquetipos sagrados. Posteriormente, tras el fin de la era paleolítica, las historias sobre esta pareja sagrada, fueron troqueladas por la tradición oral y adaptadas por los pueblos agrícolas y ganaderos del neolítico, como en Egipto con Isis y Osiris, o en Mesopotamia con Isthar –Tammuz, hasta que poco a poco dichos mitos fueron diluyéndose en las emergentes mitologías monoteístas patriarcales.

Sin embargo, hasta nuestros días han conseguido sobrevivir retales culturales de aquellos viejos tiempos, y me fijo una vez más en la mitología vasca dónde ha pervivido la figura de Mari por un lado y por otro la de Akerbeltz, el antropomorfo macho cabrío que a tenor de la tradición oral y las leyendas debió de jugar un papel fundamental en esta antigua religión naturalista. Y recordemos también el reconstruccionismo cultural que con mayor o menor acierto, realizó a medidos del SXX el neopaganismo europeo, que alzó al Gran Astado y a la Gran Diosa a lo más alto de su panteón.

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 Los cuadros de Paz Treuquil se encuentran en https://www.paztreuquil.com/