Almudena Zaragoza en Covid-20

Cuando a mediados de marzo del año pasado Almudena Zaragoza escuchó en TV la inauguración del discurso bélico en contra del virus y la exigencia de unidad frente al “enemigo común” su conciencia no pudo más que rebelarse, posicionándose como “aliada de los virus” desde la comprensión profunda que sus conocimientos en biología y su incansable espíritu investigador le brindaban.

Alumna destacada de la escuela de Máximo Sandín, que apuesta por una visión lamarckiana de la evolución frente al anquilosado darwinismo con el que se continúa adoctrinando a las nuevas generaciones de universitarios, aceptó su misión con una mezcla de rabia e incredulidad.

Jamás, para alguien que ama la biología, un componente de la vida, un constructor de genomas, un conjunto de biomoléculas, iba a ser un enemigo.

Un virus, explica en este artículo, es “un mensaje biológico” y el planeta está lleno de estos mensajes que se cuentan por billones, pues codifican y transcriben la información que hace posible la vida y su natural desarrollo o evolución hacia formas más y mejor adaptadas al medio ambiente.

Los virus, al contrario de lo que muchas personas creen, no están solo fuera de nosotros sino que el ecosistema del organismo humano también tiene su propio viroma, fundamental para el buen desarrollo de una importante cantidad y variedad de procesos fisiológicos.

¿Para qué finalidad exactamente y con qué sentido nuestro código biológico como seres vivos iba a ser patogénico?

Pregunta para la que las autoridades que “cuidan de nosotros” y los expertos funcionariales o con conflicto de interés no tienen respuesta, ni tampoco parece que estén muy dispuestos a buscarla.

Ídem para la idea de la zoonosis, que choca de frente con la llamada “barrera de especie” prevista por la Naturaleza para evitar distorsiones peligrosas en esa maravillosa comunicación intercelular que vehiculizan los virus.

Es de lógica, cada virus porta un mensaje de vital importancia para el organismo, que solo pueden leer los individuos de la misma especie.

En cuanto al contagio y la infección Zaragoza expone que, a pesar de que el primer coronavirus fue descrito en 1965, jamás se han obtenido pruebas de que éste cause si quiera el resfriado común, y que los experimentos que se han realizado hasta la fecha o bien no han dado los resultados esperados, o bien se han hecho en condiciones “de laboratorio” sobre tejidos humanos o animales manipulados, con interpretaciones más que cuestionables y metodología no extrapolable al entorno natural en que dichas partículas víricas actúan normalmente.

Existen estudios más recientes […] que han demostrado que los catarros comunes y sus síntomas, que son muy genéricos y variados, tienen conexión con periodos de estrés emocional, así como con disminución de la temperatura corporal y aumento de la humedad ambiental.

En los laboratorios más punteros y mejor regados con financiación pública y privada se trabaja con información registrada en los bancos genómicos que se han ido llenando de referencias, pero a pesar de todos los medios de que disponen no han conseguido -en la práctica- demostrar empíricamente la relación causa-efecto entre los virus y los síntomas de cualquier enfermedad. Más bien, la realidad apunta a que los virus endógenos como los coronavirus no son la causa de la enfermedad, sino su consecuencia. Parece que estas partículas biológicas, cuando aparecen, están intentando enviar mensajes para regular la situación de desequilibrio del organismo.

Por último, la obsesiva y compulsiva experimentación con material vírico ha dado lugar a esos frankensteins sin sentido que son los virus quiméricos multiespecie, a los que tampoco debemos temer a no ser que dejemos que nos los inyecten directamente en la sangre; eso es lo único que debería preocuparnos, ya que ni los virus naturales -ni tampoco los artificales- parecen tener como misión conquistar el mundo y colonizar nuestras células para hacer daño, como intentan hacernos creer a todas horas desde los medios y las instituciones.

Los virus quimera son armas biológicas y las RT PCR* están detectando, al menos que sepamos, el coronavirus humano inofensivo NL63 en su fase extracelular, frecuente en secreciones de personas con síntomas de bronquitis y catarro.

En definitiva, Almudena Zaragoza nos explica en este artículo, con su habitual naturalidad y sentido común, por qué la mayoría de las afirmaciones que se hacen sobre los virus no son científicas: se enmarcan en una corriente de pensamiento que mira la Vida con unas lentes llenas de prejuicios y apriorismos erróneos desde un punto de vista bio-lógico.

*De la falta de validez científica de estas pruebas hablaremos en el próximo post de esta serie dedicada a Covid-20: Una radiografía del Covid-19 y una ventana hacia un nuevo paradigma.

Desde Cauac Editorial agradecemos a Almudena Zaragoza su participación en esta obra y su firme compromiso con la difusión de la biología de la comprensión de la Vida y no la de la lucha contra la Vida.

Almudena Zaragoza es bióloga por la Universidad Autónoma de Madrid y Máster en Técnicas de Caracterización y Conservación de la Diversidad Biológica por la Universidad Rey Juan Carlos. Directora del Departamento de Formación de la Escuela Superior de Medio Ambiente Animal Record, administradora de la página web oficial de Máximo Sandín y fundadora del colectivo Biólogos por la Verdad en 2020.

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