Sembrando Iberia: la continuidad de un sueño

Mientras trabajábamos en la traducción póstuma de Sembrando en el desierto, el último libro de Masanobu Fukuoka, unas dulces lluvias primaverales bendijeron las sedientas tierras del Sureste Ibérico. Tuve entonces la oportunidad de dirijirme a un lugar de Sierra Espuña en el que dos años antes habíamos llevado a cabo una actuación sobre un terreno muy erosionado, durante unas memorables «Jornadas participativas para la regeneración del suelo«.

 preparando2
Preparación de bolas de semillas (Nendo dango) para la siembra
en nuestra zona de actuación y experimentación regenerativa. Sierra Espuña, diciembre de 2015

Empleando como materiales restos de poda de pinos, reviejo (hojas secas de esparto) y balas de paja, habíamos levantado diques y pequeñas barreras a lo largo de líneas de nivel con el objetivo de promover al máximo la circulación horizontal del agua y su infiltración en el suelo, así como frenar la erosión para permitir la generación de un suelo vivo.

Vídeo de las Jornadas participativas para la regeneración del suelo, enero de 2013

Tras aquello sobrevino una intensa sequía, pero lejos de desanimarnos al invierno siguiente regresamos para sembrar multitud de semillas por toda la zona. Entonces llegó una sequía aún más severa que la anterior. Realmente las condiciones de este lugar, así como en la mayor parte del Sureste Ibérico, son muy extremas. La desertización está más avanzada incluso que en varios de los lugares a los que Fukuoka llama desiertos en su libro. Las laderas de los montes cubiertas de rodales repoblados de pino carrasco (especie capaz de medrar en las condiciones más extremas) nos dan la falsa impresión de encontrarnos en un bosque, pero bajo ellos no hay un suelo capaz de infiltrar el agua de lluvia; más bien al contrario, ésta escapa de aquél como si de aceite se tratase y corre monte abajo erosionando su superficie. No manan fuentes ni arroyos. Es como si el agua y la tierra se hubieran divorciado.

Subimos sin mucha esperanza hacia la zona de actuación. No podía sacar de mi mente la historia de aquél lugar del cañón del Río Chambal en la India, que Fukuoka-san parece dejar inconclusa, como invitando a que alguien continúe el camino que él abrió. De alguna manera esa historia es un reflejo de todo el libro. Además de sentirme especialmente conmovido por el relato del Río Chambal, había varias analogías evidentes entre aquel lugar y el que ahora nos ocupaba. Era necesario crear pequeñas zanjas o barreras para que el agua de escorrentía no arrastrara consigo todas las semillas sembradas hasta los derrubios de las ramblas. También contábamos con el agravante de una población de ungulados, en este caso los arruís del Atlas (introducidos durante los años 70 con fines cinegéticos), que, exentos de depredadores, campan a sus anchas devorando cualquier brote verde que osa emerger.

O al menos así fue hasta hace poco. Al acercarme al lugar, me topé con uno de los almeces que habíamos plantado el primer año. A pesar de las interminables sequías y de haber sido ramoneado por completo en sucesivas ocasiones, las lluvias lo habían hecho rebrotar desde abajo con pujanza. El dueño de la finca nos explicó que, tras varias décadas de expansión descontrolada de la población de arruís, este año se había levantado el veto para su caza.

Pero lo mejor estaba por llegar. Nos quedamos maravillados al comprobar que muchas semillas habían brotado tras permanecer un año y medio latentes. Retoños de almez y albaida emergían por doquier entre el acolchado de reviejo. Varios plantones que dábamos por muertos habían revivido y uno de ellos, también un almez, se erguía majestuoso ya hasta el metro y medio de altura. Esta especie de árbol, que cuando crece proporciona una sombra muy fresca y agradable, además de pequeños frutos comestibles, se ha mostrado especialmente apropiada para la reforestación en nuestro clima por su rápido crecimiento, su querencia por los terrenos calizos y su contumaz resistencia a la sequía.

AlmezAlmez de cuatro años en nuestra zona de actuación,creciendo a buen ritmo a pesar de las sequías extremas y el ramoneo intensivo (junio de 2015)
brotesBrotes de almez y leguminosas silvestres aflorando en el acolchado de reviejo (junio de 2015)

Pequeños grandes éxitos como este le llenan a uno el corazón de confianza. Podemos incluso imaginarnos cómo se sentía nuestro querido Masanobu, cuando sus logros a pequeña escala le demostraban que la vía de acción que proponía para restaurar la naturaleza en los desiertos de la Tierra era perfectamente posible, siempre y cuando se consiguiera alinear en tal propósito una masa crítica de recursos, apoyo y personas. A esto último es a lo que, desde varios pequeños colectivos confabulados en la biorregión más desertizada de la Península, hemos querido contribuir con la edición en castellano de Sembrando en el desierto.

  1. La historia y el presente de nuestra biorregión contienen todo un compendio de las acciones y errores que en las páginas de este libro se describen como causantes tanto del origen de los desiertos como de su progresivo deterioro. Cabe destacar tres coyunturas históricas de tala indiscriminida: la dominación romana, la escalada bélica entre las potencias europeas de la Edad Moderna, y la Revolución Industrial. En los tres casos la tala masiva estuvo relacionada entre otras cosas con la expansión del cultivo extensivo del cereal, necesaria para sostener un rápido aumento de la población urbana y los contingentes militares; así como con la construcción de grandes infraestructuras también adscritas a procesos de urbanización y militarización. Como intuía Fukuoka, si queremos encontrar la causa última del origen de la mayoría de los actuales desiertos, es en la historia y el drama humano en donde debemos buscar. La Península Ibérica es un vivo ejemplo de ello.

La práctica totalidad de los auténticos bosques de la Región de Murcia ha desaparecido en la actualidad. Apenas quedan unos pocos testigos en el norte de las comarcas de Moratalla y Caravaca. Sobre las tierras desertizadas se extienden vastas áreas de cultivo de regadío que funcionan con los mismos principios que las sórdidas instalaciones de la agroindustria neocolonial que tan desgarradoramente nos describe Fukuoka en el relato de sus viajes por los desiertos de África. El agua desviada del curso de los ríos a través de canales y conductos de hormigón, o bien extraída de profundidades cada vez mayores por medio de la energía petrolífera, es vertida sobre la tierra desnuda de cobertura vegetal en cantidades justas para hacer crecer los monocultivos. El resultado, tanto aquí como en África, es la salinización acelerada de las tierras. Exactamente el mismo proceso que transformó el fértil creciente de la antigua Mesopotamia en el actual desierto de Irak.

Está claro que hay algo tremendamente disfuncional en nuestra cultura. El sabio anciano Masanobu nos anima a trasecender lo que él llamaba «el intelecto discriminante», una manera de pensar muy arraigada que, asentada en la base de nuestra ciencia y nuestra sociedad, parece poner una distancia entre nosotros y la realidad viva que nos rodea y contiene, hasta llegar a anegar nuestra intuición y sensibilidad natural.

Ante la desertización del sureste peninsular, el enfoque predominante que nos hemos encontrado en el ámbito académico es que las condiciones climáticas presentes y venideras no van a permitir recuperar las especies ni la frondosidad del pasado histórico. Que el avance del cambio climático y las previsiones de aumento de las temperaturas y prolongación de las sequías estivales, sencillamente harán inviables los bosques de encinas que soñamos. Que no merece la pena esforzarse en esa dirección.

Bajo este planteamiento subyace una visión de las cosas basada en la causalidad lineal, de tal forma que la cantidad de precipitaciones determina la presencia o ausencia de vegetación en un lugar. Sin embargo en la naturaleza viva nos encontramos siempre con la causalidad circular, según la cual es también la vegetación, en especial los bosques, los que generan la lluvia. Gracias a los bosques el agua de lluvia se infiltra y permanece en la tierra recorriendo ciclos locales, generando -mediante la acción combinada de la sombra, la evapotranspiración y la cobertura vegetal- un ambiente de humedad que favorece la nucleación de las nubes.

Aún así, por la forma en que hemos sido entrenados a pensar, nos cuesta salir del razonamiento lineal. Por ello son tan valiosas obras como la de Fukuoka. Es necesario desaprender muchas cosas. Haciendo uso de sus propias palabras «si eliminamos la falsa concepción de la naturaleza, creo que desaparecerán las raíces del desorden mundial». Deseamos con todo nuestro corazón que este libro pueda contribuir a ello.

restaurandoRestaurando un punto de máxima erosión en la zona 0 de nuestra área de actuación, durante las Jornadas participativas para la regeneración del suelo, enero de 2013
nada mas belloNada más bello que el hermanamiento que sentimos tras compartir trabajo colectivo y libre en el seno de la Madre naturaleza.

Es evidente que experiencias a microescala como la de Sierra Espuña no pueden por sí solas generar un impacto en el clima ni revertir el avance de la desertización. No en vano los esfuerzos del gran visionario que escribió este libro se centraron en tratar de lograr actuaciones a gran escala sobre grandes extensiones de desierto. Pero llegar a la masa crítica de intención, iniciativa y cooperación necesaria para tan extraordinaria obra, requiere de ese aprendizaje vivencial y ese contacto con la Tierra. La queremos lograr a base de sembrar semillas, cultivar y cultivarnos, reverdecer corazones, contagiarnos. No hay mayor verdad que la que expresó Fukuoka-san cuando dijo que la restauración de la tierra y la restauración del corazón humano son un mismo y único proceso.

Y así nos gustaría abrir desde estas mismas lineas un espacio de comunicación y conexión al servicio del propósito que este libro porta consigo. Invitando a todos y todas quienes las estén leyendo a tomar la confianza de escribir a la dirección de contacto sembrandoiberia@permaculturasureste.org tendiendo con ella un puente tanto para quienes estéis interesados en conocer las iniciativas de reforestaicón, restauración ambiental, agricultura regenerativa y bancos de semillas que se dan en vuestra biorregión, coo para quienes estéis ya embarcados en la aventura de sacar adelante emprendimientos regeneradores que necesiten de apoyo, difusión o voluntariado. En la medida de nuestras humildes posibilidades ponemos aquí la intención de contribuir a la conexión entre personas y proyectos, así como al intercambio y fluir de semillas y todo tipo de recursos.

Por último, esta dirección de correo electrónico queda también abierta para el compartir de ideas, sentires, experiencias, debates, arte, documentación, todo lo que sirva para enriquecer mutuamente nuestro humus creativo al servicio del reverdecimiento de los desiertos.

Al otro lado de la tecla estaremos la Cooperativa Bosque Madre, Cauac Editorial Nativa y la Red de Permacultura del Sureste Ibérico, en-red-dándonos en todo el maravilloso tejido de empoderamientos colectivos que vienen brotando en este tiempo: agricultura natural y regenerativa, restauración rural, autogestión y economía local, reforestación, crianza natural, educación libre, monedas sociales y mucho, mucho más… El desierto humano quiere reverdecer, es momento de sembrar semillas.

Jon Ortega
Finca La Mimosa, Murcia 2015

¿Te ha gustado? Compártelo en tus redes...

Telegram
Email
Facebook
WhatsApp

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

info@cauac.org

Recibe todas las novedades editoriales y noticias en tu bandeja de correo electrónico

© 2022 Cauac Editorial Todos los derechos reservados