Truth About Contagion en castellano. Próximamente en Cauac.

Sally Fallon Morell es una gran erudita de la nutrición humana, cocinera, activista y gran divulgadora de los beneficios de la alimentación y producción tradicional de alimentos, así como de las grandes nocividades de la alimentación industrial y procesada, y los erróneos conceptos y creencias sobre dietética de la actual cultura dominante.

El título de su libro más conocido, Nourishing Traditions (tradiciones que nutren), así como el subtítulo de la fundación Weston A. Price, de la cual es presidenta “Foundation for Wise Traditions in Food, Farming and the Healing Arts” (fundación por las sabias tradiciones en alimentación, agroganadería y las artes de la curación) ya nos dicen mucho sobre ella.

En 2020 escribió junto a su amigo y colega, el Dr. Thomas Cowan, esta joya que es Truth About Contagion (La verdad sobre el contagio), la cual concentra una enorme cantidad de información puntera no sólo para exponer las carencias científicas de la Teoría Microbiana de la enfermedad, sino para profundizar en nuestra comprensión sobre multitud de aspectos de máximo interés relacionados con la salud, la biología y la historia de la sociedad moderna. Estamos muy felices de anunciar que, tras varios meses trabajando en su traducción y adaptación, estamos a punto de sacar a la luz la primera versión del libro en castellano.

Qué mejor presentación de la obra que el prólogo escrito por la propia autora y que publicamos con su permiso. Os dejamos con las palabras de Sally, ¡buen provecho a todos!

La verdad sobre el contagio. Prólogo de Sally Fallon Morell

Desde los orígenes de la raza humana, los hombres medicina y los médicos se han preguntado por las causas de las enfermedades, especialmente de lo que llamamos “contagios”. En estos casos, muchas personas enferman al mismo tiempo y sufren los mismos síntomas. ¿Son la cólera de los dioses o los malos espíritus los causantes de los males que asuelan a la humanidad? ¿Se deben a fenómenos atmosféricos? ¿A miasmas? ¿Nos ponemos enfermos porque otros nos transmiten la enfermedad o por alguna influencia externa?

Con la invención del microscopio en 1670 y el descubrimiento de las bacterias, los médicos pudieron culpar a un nuevo candidato: minúsculos organismos unicelulares que podían pasar de una persona a otra a través del contacto y la respiración. La teoría microbiana de las enfermedades no surgió hasta doscientos años más tarde con el célebre científico Louis Pasteur y, cuando lo hizo, pronto comenzó a utilizarse para explicar por qué se producían la mayoría de ellas.

En cambio, llevó décadas reconocer que ciertas enfermedades, como el escorbuto, la pelagra y el beriberi, estaban causadas por deficiencias nutricionales, porque la teoría microbiana se convirtió en la justificación de todos los males de la humanidad. Como lamentó Robert R. Williams, uno de los descubridores de la tiamina (vitamina B1), todos los médicos jóvenes estaban tan convencidos de la idea de que las enfermedades estaban causadas por infecciones que en aquel momento se llegó aceptar como prácticamente incontrovertible que las enfermedades no podían tener otra causa [diferente a la microbiana]. Fue, sin duda, la obstinación de los médicos por considerar la infección como causa de las enfermedades la responsable de desviar la atención sobre la influencia de la alimentación en la aparición del beriberi (Williams 1961 p. 18).

Cuando se produjo la pandemia de gripe española de 1918, el ejemplo más mortífero de contagio de la historia reciente, los médicos tuvieron dificultades para explicar la propagación mundial de la enfermedad. La pandemia afectó a alrededor de 500 millones de personas, aproximadamente un tercio de la población del planeta, y acabó con entre 30 y 50 millones de personas. Su aparición en diferentes partes del mundo se produjo de forma aparentemente espontánea, y afectaba a los jóvenes y sanos, incluidos muchos militares estadounidenses. Algunas comunidades cerraron centros educativos, negocios y teatros; para detener el contagio, se impuso el uso de mascarillas y se prohibió que la gente se diera la mano.

Pero ¿era contagiosa esta gripe? En aquella época, las autoridades sanitarias creían que la gripe española estaba causada por un microorganismo llamado bacilo de Pfeiffer, y se preguntaban cómo era posible que dicho bacilo fuera capaz de propagarse tan rápidamente. Para resolver esta cuestión, un equipo de médicos del Servicio de Salud Pública de EE.UU. intentó que se infectaran 100 voluntarios sanos de edades comprendidas entre los 18 y los 25 años. Para ello recogieron muestras de mucosidad de la nariz, garganta y otras partes del aparato respiratorio superior de personas enfermas, y a continuación transfirieron estas secreciones a la nariz, boca y pulmones de los voluntarios (Rosenau 1919). Sin embargo, ninguno de ellos enfermó. También se les hicieron transfusiones de sangre obtenida de donantes enfermos, pese a lo cual los voluntarios continuaron perfectamente sanos; y finalmente, se les pidió a los enfermos que respirasen y tosieran en la proximidad de los voluntarios sanos, aunque los resultados no cambiaron: la gripe española no era contagiosa, y los médicos no lograron demostrar la culpabilidad de la bacteria acusada.

Pasteur creía que en el cuerpo humano sano no hay microorganismos, y que solo es susceptible de enfermar cuando lo invaden bacterias, una visión que dominó la práctica médica durante más de un siglo. En cambio, en tiempos más recientes hemos sido testigos de un completo cambio del paradigma médico imperante, según el cual las bacterias nos atacan y nos provocan enfermedades. Ahora se sabe que el aparato digestivo de una persona sana contiene casi tres kilogramos de bacterias que desempeñan una gran variedad de funciones beneficiosas: nos protegen contra las sustancias tóxicas, refuerzan el sistema inmunitario, nos ayudan a digerir los alimentos, fabrican vitaminas e incluso producen hormonas “de la felicidad”. Las bacterias de la piel y la vagina también realizan funciones de protección. Estos descubrimientos arrojan dudas sobre muchas de las prácticas médicas actuales, desde el uso de antibióticos hasta el lavado de manos. De hecho, los intentos de los investigadores por demostrar que las bacterias nos causan enfermedades no han dado resultado; únicamente se ha logrado comprobar su contribución en condiciones extremadamente antinaturales.

En cuanto a los virus, dado que Pasteur no encontró una bacteria que causara la rabia, conjeturó que debía de existir un patógeno tan pequeño que era imposible verlo a través del microscopio. Las primeras imágenes de estas partículas minúsculas, que miden aproximadamente una milésima parte del tamaño de una célula, se obtuvieron poco después de la invención del microscopio electrónico en 1931, y se consideró inmediatamente que estos virus (del latín virus, que significa “veneno”) son peligrosos “agentes infecciosos”. Un virus no es un organismo vivo capaz de reproducirse por sí mismo, sino un conjunto de proteínas y fragmentos de ADN o ARN rodeado por una membrana. Puesto que se ha observado la presencia de virus tanto en el interior como alrededor de células vivas, los científicos creen que los virus únicamente se multiplican en el interior de las células vivas de un organismo. Se piensa que estos virus ubicuos “pueden infectar a todo tipo de seres vivos, desde animales y plantas hasta microorganismos, incluidas bacterias y arqueas” (Quizlet s.f.).

Difíciles de separar y purificar, los virus son los chivos expiatorios idóneos para las enfermedades que no encajan en el modelo bacteriano. Los resfriados, la gripe y la neumonía, que antes se consideraban enfermedades de origen exclusivamente bacteriano, actualmente a menudo se achacan a virus. ¿Es posible que un día los científicos descubran que estas partículas, al igual que las bacterias, tan vilipendiadas en el pasado, tienen funciones beneficiosas? De hecho, eso es precisamente lo que ya se ha hecho (Sandín 2010), pero cuesta mucho desprenderse de las viejas ideas, especialmente aquellas que prometen generar beneficios por la venta de medicamentos y vacunas, en el marco de la creencia en “un remedio para cada enfermedad”.

Hoy, la premisa de que el coronavirus es contagioso y puede producir una enfermedad ha justificado el confinamiento de países enteros, lo que ha desembocado en la destrucción de la economía global y ha hecho que cientos de miles de personas pierdan su trabajo. Pero ¿se puede contagiar? ¿Puede transmitirse de una persona a otras y provocarles una enfermedad? ¿O es otra la causa, como podría serlo alguna influencia externa, de que las personas vulnerables caigan enfermas?

Sin duda, estas preguntas resultan incómodas e incluso fastidiosas para las autoridades sanitarias, puesto que la premisa fundamental en la que se basa la medicina moderna es que los microorganismos —los transmisibles— causan enfermedades. Desde el uso de antibióticos hasta la vacunación, y desde el empleo de mascarillas hasta el distanciamiento social, la mayoría de las personas se someten voluntariamente a estas medidas para protegerse a sí mismas y a otros. Cuestionar el principio fundamental del contagio es cuestionar los cimientos de la sanidad.

Es para mí un placer colaborar con mi colega Tom Cowan en esta crítica del mito moderno de la medicina: que los microorganismos causan enfermedades y que las personas pueden transmitirse estas enfermedades entre ellas al toser, estornudar, besar y abrazar. Al igual que Tom, estoy acostumbrada a las controversias. Así, en mi libro Nourishing Traditions, que salió en 1996, expuse la idea herética de que el colesterol y las grasas animales saturadas no son nuestros enemigos, sino componentes esenciales de nuestra alimentación, necesarios para el desarrollo normal, el bienestar mental y físico y la prevención de enfermedades.

En Nourishing Traditions y otros trabajos presenté la idea radical de que la pasteurización, una de las consecuencias negativas que ha tenido la teoría microbiana, destruye las propiedades beneficiosas de la leche, y que la leche entera cruda se puede tomar sin peligro y es un alimento terapéutico y especialmente importante para el crecimiento de los niños. Es el sustitutivo más obvio de la leche materna cuando la madre tiene problemas para dar el pecho a su bebé, una propuesta que incomoda a las autoridades sanitarias. En otras publicaciones posteriores he defendido la visión disidente de la mejor protección que puede recibir un niño para no enfermar es tener una alimentación nutritiva, y no la administración de vacunas, y con el paso de los años estas perspectivas han encontrado cada vez más apoyo tanto entre el público general como entre los profesionales sanitarios.

Cometer errores tiene consecuencias. La creencia en que se deben excluir las grasas animales de la dieta, que los niños deberían crecer alimentándose de leche desnatada procesada, y que no pasa nada por ponerles decenas de vacunas antes de que cumplan los cinco años ha causado inmensos sufrimientos a nuestros hijos, una epidemia de enfermedades crónicas entre los adultos y un grave deterioro de la calidad de los alimentos disponibles. También ha tenido consecuencias económicas, incluida la destrucción del mundo rural debido a que las granjas pequeñas, y especialmente las granjas lecheras, al tener prohibida la venta directa al consumidor de leche y otros productos, se ven obligadas a ceder ante la presión de las grandes empresas agrícolas, mientras los padres de los niños con enfermedades crónicas (se estima que actualmente casi uno de cada seis niños padece alguna de ellas) (Bethell et al. 2011) tienen dificultades para asumir los costes que ocasiona atender sus necesidades.

¿Qué consecuencias puede tener la creencia de que los microorganismos, especialmente los virus, causan enfermedades? La “pandemia del coronavirus” nos ha dado muchas pistas: vacunación forzosa, implantación de microchips, normas de distanciamiento social, confinamientos, obligación de llevar mascarilla y negación de nuestro derecho de reunión y práctica de nuestra religión cada vez que aparezca una enfermedad que los medios de comunicación logren convertir en una emergencia sanitaria de escala pública.

Mientras las medidas públicas no se basen en la verdad, la situación no hará más que empeorar. La verdad es que el contagio es un mito, y para determinar las causas de las enfermedades hay que mirar más allá. Solo entonces lograremos crear un mundo libre, próspero y saludable.

Sally Fallon Morell

Julio de 2020

BIBLIOGRAFÍA

BETHELL, C.D., KOGAN, M.D. et al. 2011. “A National and State Profile of Leading Health Problems and Health Care Quality for US Children; Key Insurance Disparities and Across State Variations”. Academic Pediatrics 11(3S): 22-33. DOI: 10.1016/j.acap.2010.08.011. https://pubmed.ncbi.nlm.nih.gov/21570014/

QUIZLET s.f. “Cells and viruses vocabulary”. https://quizlet.com/171172750/cells-and-viruses-vocabulary-flash-cards/

ROSENAU, M.J. 1919. “Experiments to Determine Mode of Spread of Influenza”. Journal of the American Medical Association 73(5): 311-313. DOI: 10.1001/jama.1919.02610310005002. https://sci-hub.wf/10.1001/jama.1919.02610310005002

SANDÍN, M. 2010. Pensando la evolución, pensando la vida. Editorial Cauac, Murcia.

WILLIAMS, R. 1961. Toward the Conquest of Beriberi. Harvard University Press. https://www.hup.harvard.edu/catalog.php?isbn=9780674593930

WILLIAMS, L. 2020, 17 abr. “Dr. Ilya Metchnikoff Drank Cholera and Lived!”. https://www.louisawilliamsnd.com/post/dr-ilya-metchnikoff

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5 respuestas

  1. Muy abierta a la idea de relativizar y dudar del contagio tal y como nos lo enseñan en las facultades de Medicina….y crítica y temerosa de muchas de las vacunas, por supuesto incluida la del Covid…usé mascarilla y fui muy prudente durante el confinamiento evitando reuniones….
    Tras varios meses así, decidí acudir a un curso de canto en grupo, sin mascarilla…Del total de los asistentes, enfermamos un 70 %, con pruebas de antigenos a Covid positivos en los siguientes 2-7 días, unos vacunados, otros no.
    En mi práctica profesional, sin hacer estadísticas, he visto transmitirse enfermedades por el aire, por el agua…
    Creo en el contagio aunque dude mucho de cómo nos lo presentan, dudo y discrepo del uso que se hace de los fármacos , del diseño de muchas vacunas y campañas de vacunación…

    Llenan los estanques de producción de alimentos de antibióticos, se los inyectan al ganado para consumo…porque se evitan plagas en las granjas…

    Muchos germenes causan enfermedades y se transmiten por distintas vías aunque nuestro cuerpo sea un ecosistema complejo en el que convivimos millones de seres vivos y particulas.

    Creo necesario que existan personas muy valientes entre los científicos, con mentes críticas, y que abran las mentes de la población general y de quienes toman decisiones sobre la salud a la barbarie creciente que causa la industria farmacéutica y alimentaria, aunque utilizo sus productos cuando lo veo necesario.

    No creo bueno que quienes estudian y divulgan los males de la industria farmacéutica lo hagan negando evidencias…

    Con eso consiguen que sus aportaciones queden relegadas, una gran pérdida.

  2. ¿Consideran estos nuevos paradigmas la Biodiversidad o gran diversidad de microorganismos?…

    …en esa inmensa biodiversidad, se me antoja que podrían haber además de microorganismos beneficiosos, y neutrales, para la salud humana, también alguno menos amigavle, perjudicial, no?…

    Salud.os

  3. Saludos desde Perú, les deseo lo mejor en esta vida de sueños y fantasías en la que ustedes vienen haciendo una gran labor de concientizar y despertar al mundo de habla hispano, espero que algún día podamos revertir las fantasiosas ideas que tenemos con relación a salud, alimentación y enfermedades y que si existe alguna forma de divinidad, ésta pueda direccionar a la humanidad hacia los caminos correctos en la búsqueda de la verdad. Espero saber cómo obtener el libro. Gracias

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